Las sombras

Te sientas en la silla de la cocina con un libro en la mano. Lo abres, lo pones en la mesa y empiezas a leer. Te sientas justo con el ventanal delante, y toda la claridad de la tarde ilumina las páginas. Las hojas del ventanal están cerradas, así que el poco sonido que llega desde afuera está atenuado.

Ellos están allí, rodeando la casa. Pasan caminando despacio, en silencio, sin levantar la mirada. Aún no te han visto. Son sombras que van y vienen sin horario predeterminado. Pero no te incomodan. O al menos, no siempre. Su paso aleatorio junto al ventanal no oscurece las páginas del libro, así que sigues con la mirada la historia que estás leyendo, y solo a veces, si miras de reojo, les ves de espaldas alejarse. Intentas estar atenta a lo que tienes delante, pero a veces te distraes, y te quedas absorta mirándolos pasar. Cuidándote siempre de no mirarles directamente a la cara. No quieres que pase lo de aquella mañana. 

Aquel día te habías quedado despierta hasta tarde, y quisiste saciar tu curiosidad, algo que te llevaba tiempo rondando la cabeza. Y descalza, valiente, te acercaste al ventanal sin hacer ruido. Bajaste la guardia, y curiosa, ese día, miraste por la ventana. Pero confirmó lo que en el fondo ya sabías. Las sombras no duermen. Solo esperan. Y entonces tus ojos hallaron una sombra acercándose por el lado derecho del ventanal. La sorpresa hizo que se te escapara un gritito ahogado. Pareció no oírlo, siguiendo su caminar pesado y callado, dándote una sensación instantánea de falsa seguridad por segundos, porque cuando llegó al centro del ventanal, se paró. Y lentamente, se giró hacia ti.

Fueron unos segundos, pero fue suficiente. En ese momento solo unos pocos centímetros te separaban del cristal, y otros tantos le separaban a él del mismo. Y pudiste ver sus ojos negros y vacíos. Acostumbrados a divagar, parecían mirarte con más curiosidad que la tuya misma. Salvo que no era curiosidad, sino desesperación. 

No les mires a los ojos. Ellos lo anhelan, pero si saben que les puedes ver, no te dejarán marchar. 

El bloqueo del bloguero

Leía ayer un blog, de los que no puedes parar de leer, Soldadito marinero, de los que enganchan con lo que escribe. Y leía su entrada “Entre gajos y gajas”, y no podía dejar de aplaudirle en mi mente.

¿Cómo puede ser que nos pase por la cabeza el mismo tipo de pensamientos? Supongo que las similitudes son lo que nos hace conectar unos con otros por este mundo virtual.

Volviendo a su entrada, dejando de lado el tema de la media naranja y los gajos, en cuanto a la escritura en un blog, creo que es algo que nos pasa a muchos.

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Les pongo en contexto. Proponiéndome la meta de una entrada semanal, bajo esa presión autoimpuesta, estoy saboteando constantemente mis propias ideas, dejándolas en entradas abortadas. Porque escribo y releo mil veces lo que trato de decir, y a veces no es solo que parezco no encontrar la manera, sino que me planteo si es algo que llegará a ser leído. Y es que todos los que escribimos, queremos que nos lean. Es cierto que buscamos mejorar
en el escribir, pero es un placer saber que hay quien te lee y le gusta lo que escribes, porque te anima a seguir. De otra manera, nos limitaríamos a escribir una libreta y esconderla en un cajón.

 

Y eso es lo que pasa en un blog. Es como escribir una carta y echarla al viento, con el potencial de multiplicarse en el aire para llegar a muchas casas, a caras, que leen atentas tras una pantalla.

Y abruma un poco. Que como bien dicen, no es el bloqueo del escritor de lo que hablamos. Yo más bien lo llamaría el bloqueo del bloguero.

Porque es verdad que estamos ya hechos a vivir deprisa. Nos acomodamos en el sillón y nos parece más atractivo VER antes que leer, por eso es que queremos hacer entradas lo suficientemente bonitas para que alguien se pare en este escaparate y entre a curiosear. Y no es nada fácil, a ver, que competimos con el señor Youtube, la televisión, y demás.

Sin embargo, al mismo tiempo, hace falta conectar. Si no fuera así, no habría ni blogs ni lectores. No paro de leer entradas con comentarios en los que hay personas contestando que se sienten identificadas con lo que el escritor cuenta. Y con eso me quedo, con lo mucho que tenemos en común, y las entradas que escribimos no son más que compartir lo que pensamos o las historias que creamos.

Al final se me estaba olvidando que uno debe escribir para sí mismo, y escribiendo para uno, siendo honesto consigo mismo, es cuando se puede realmente conectar y trascender con los que entran un rato a nuestro espacio virtual.

Porque al final, esto es un poco como la vida, es un trasiego de gente que viene y va. No podemos esperar gustar a todos los que se pasan por nuestra casa llamada blog personal. Que se quede el que le guste, sin presiones, que aquí les recibimos con los brazos abiertos.

Esto es una entrada de aliento para los que sufren, como yo, la presión de cautivar con lo que escribimos.

Un abrazo, para los que escriben, y para los que leen. Especial mención a los que se paran a comentar, doble mérito por regalarnos su tiempo en este mundo apurado que vivimos.

PD. Acabo de estrenar una página en Facebook, El pensadero de Yai, porque creo que puede ser un espacio más cercano con ustedes. Si tienen algún consejo, estaré encantada de escucharlo.

Zero waste o basura cero

Recicla. Utiliza el transporte público. No malgastes el agua. Apaga la luz. Eso nos dijeron, ¿no? Que teníamos que hacer nuestra parte. Hasta ahí es suficiente. O eso nos vendieron. ¿Pero qué pasa con la basura?

 

Actualmente, se han detectado 5 islas de plástico en el mar.

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Cuaderno de bitácora 1

Tras unos meses en el extranjero, abro mi bitácora de navegante, saco una de mis libretas, y me siento a escribir brevemente el recorrido.

El idioma. Al principio fue complicado. Parecía una muñeca de cuerda que solo dice unas pocas frases. ¿Lo más repetido? “What? What? What???” (¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?) con mi cara de regañada, porque lo que escuchas en clases de inglés y lo que se habla en la calle son dos universos paralelos.

“- Mira esa matrícula, que vivan los pollos.

– No, no, pone que lleva pollos vivos.”

(Live birds ponía la matrícula. Entiendan mi confusión).

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El hilo rojo de las rosas (Parte 2)

Continuación de “El hilo rojo de las rosas” (Parte 1):

 

-¿Y qué hay de nosotras? ¿Tenemos un hilo rojo también?– dijo Rosa.

-¿Cómo vamos a tener nosotras un hilo rojo? Esos son cosas de los “sin raíz”. ¿Verdad, Mamá Coigüe?– dijo Flor.

Tras un largo silencio, respondió Mamá Coigüe, mientras se desperezaba agitando sus largas ramas.

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El hilo rojo de las rosas (Parte 1)

Era una de esas tardes con cielo despejado, la tregua de un día especialmente caluroso de verano, con el sol ya cayendo, que va tiñendo el paisaje de una luz amarilla cada vez más anaranjada. Se acicalaban los cisnes junto al río, pasaba una mamá pato con sus crías, y corría una ligera brisa, mientras sentadas en la hierba junto al río, conversaban dos amigas.

 

– No sé porqué siempre escojo tan mal. Pensaba que estábamos hechos el uno para el otro…

– Bueno Luci, a lo mejor esto es solo una riña y mañana se arregla todo – dijo Claudia, tendiéndole un pañuelo a su amiga.

– ¿Tú crees? – le contestó Lucía con cierta desgana, secándose las lágrimas que se le escaparon rodando por las mejillas.

– Lo que tiene que ser, será. Está todo escrito. Mi madre una vez me contó una leyenda… ¿Conoces la historia del hilo rojo del destino?

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Solsticio de verano

Una fecha. Un día en rojo en el calendario. Cambio de estación. Algo acaba. Casi todo cambia. Y lo que llega.

Oleadas inesperadas de calor, sofocos, angustia. Variables como el viento. Es subir cuesta arriba sin aire en los pulmones, llegar a un sitio a coger aire donde el paisaje que tienes delante no te quita el pálpito fuerte que te sale del pecho. Palabras inconexas, otras muchas que quedaron guardadas. Días de viento, de tormenta. Y días de calma.


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