Sentirse nube

Sentirse nube
Cerrar los ojos
Abrir los brazos

Dejarse impregnar
Abrazar lo que fluye
Calarse de rayos

Que no nos importe nada
Alcanzar el cielo
Fundirse en el aire

Y desaparecer en el tiempo.


_Llaysha_

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El bosque

Frenó el coche bruscamente a un lado del camino. Salvo algún vecino nuevo con ánimo de explorador, o los ciclistas que cada vez se encontraban más a menudo invadiendo las carreteras, pocos conocían aquel lugar.

Imagen de pixabay

 

Estaba algo apartado y oculto, en un camino sin asfaltar y sin iluminar, en un lateral de una colina, y para llegar a él había que atravesar un bosque. Pero no era así para Antonio, que había vivido toda la vida allí y había visto su crecimiento con sus propios ojos. Conocía cada recoveco de las carreteras que habían ido extendiéndose como ramas en el terreno.

En ese punto exacto se podía admirar la caída del sol con la más absoluta soledad. El sonido del canto de los pájaros ya se había atenuado para dar paso a los grillos con su sintonía característica. Llegó justo a tiempo, se apoyó en el capó del coche para deleitarse con la vista. Estando en lo alto, se podía ver la ciudad, empezando a encender sus diminutas luces artificiales.

La llegada de la primavera se iba anunciando poco a poco. Había sido un día de cielo azul y despejado. Un calor agradable había reinado durante el día, y se respiraba la calma de quien se levanta de la siesta y tiene la dulce morriña pegada en la piel. Ahora, con el sol a punto de empezar a esconderse tras el horizonte, se había quedado todo bañado de un color ocre muy vivo. Le encantaba llegar en ese momento. En el que el sol va recogiendo sus brazos luminosos y el cielo azul oscuro va cayendo como un telón sobre él.

Poco a poco se iban encogiendo los rayos naranjas y rojizos. Casi sin darse cuenta quedó a sus ojos un cuadro lleno de brochazos horizontales escarlatas, azafranados y azulinos. Sigue el sol en su camino por ocultarse, y entonces fue cuando sintió una brisa soplándole en la nuca, y erizándole la piel. Justo en ese momento lo escuchó. Ese ruido, como un arrastrar entre las hojas secas que quedan por el suelo a su espalda, viene del bosque. Se giró, dando la espalda a los pocos haces de luz y calor que quedaban y fue ahí cuando lo vio.

 

Continuará …

 


 

P.D. 1. Esta idea nació de Pablo, que me propuso hacer la descripción de un atardecer.

Esta foto sí que es mía. Un atardecer precioso en Malta.

 

P.D. 2. Preparando la segunda parte de La taza de Osmio. 🙂


_Llaysha_

La taza de Osmio

Se levantó con la sensación de no haber tenido un sueño muy reparador. Había noches en las que dormir en camas ajenas se le hacía raro. Otras veces dormía con total sosiego, pero aquella había sido una de las menos cómodas. Llevaba dos noches durmiendo en aquel sitio, en aquella cama que no era la suya. Una cama enorme en medio de una habitación amplia y llena de reflejos. Un armario cubierto de espejos ocupa toda la pared del fondo, un mueble de tal anchura que podría esconder varias personas tras las puertas correderas… Y al otro lado de la habitación, justo frente al armario, un tocador sencillo con una simple mesa de cristal y unas luces en lo alto del espejo.

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