El tiempo y eso suyo

Qué bonito debía ser.

Cuando dos enamorados se separaban y esperar y confiar en que cada viernes el cartero suba la cuesta con una carta para recibir buenas nuevas. Y así recordarse o irse olvidando. O cuando una despedida significaba parar el reloj aquí y encenderlo allá.

Cuando su paso era lento.

Cuando se dejaba al tiempo eso suyo de transcurrir, poder seguir tu propio paso y a la vez, poder echar de menos o de más. Cuando añorar a alguien significaba recordar e imaginar cómo habría cambiado.

Qué bonito debía ser eso de perderse la pista para bien. Dos amigos que no saben ya nada el uno del otro y de repente, sin venir a cuento, un día encontrarse y tener tanto que contarse ahora que han vivido y sentido tanto, ahora que peinan alguna que otra cana.

Segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, … y así el tiempo pasa, va andando despacio, y la vida, que va de la mano, lo acompaña.


Hay un encanto mágico en dejar al tiempo correr.

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“Bajo la misma estrella” – John Green

Porque lo que no cura el “agüita” salada, lo cura el tiempo, si le dejamos hacer eso suyo. 


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