La loca del mar

Cuando la conocí estaba triste casi siempre.

Ensimismada, encerrada en su cabeza.

Mirada esquiva. Pantalones desgastados. Poco que decir.

Pero tenía algo que te atrapaba, no sé qué era.

Recogida en las formas, tenía una voz melódica.

Tenía algo.

Le faltaba algo.


 

Sobre todas las cosas, fue insistente.

Lo quería todo.

Era una extremista. Una absoluta majadera.

Toda ella era radical.

En sus ideales, en sus creencias.

Era todo o nada. Blanco o negro.


 

Era una loca imprevisible.

Lloraba y reía a partes iguales.

Se embebía de todo.

Se entregaba a la causa.

Se enganchaba.

Siempre quería más.

Y te acorralaba.

Y asfixiaba.

Y me alejé.

Y poco a poco, desapareció del mapa.

Y con ella se fueron los mensajes a las 00.02. Y los mordiscos.


Por un tiempo.

Cuando la vi de nuevo casi no supe reconocerla.

Una flor pálida que había dejado de serlo.

Alguien te cuidó. Quizás fuiste tú misma.

Habías cambiado. Para mejor.

Y tanto.

Siempre fuiste guapa, aunque tú nunca te diste mucha cuenta.

Dios, eras guapísima.

Eras perfecta, en realidad.

Creo que alguien debió decírtelo. Porque ya no andabas mirando al suelo.

Caminabas feliz a cada paso. Y reías todo el tiempo.

Esa risa escandalosa tuya.

Seguías teniendo ese “noséqué” que me desconcertaba.


Y volvieron los nervios por vernos.

Se colaron abrazos interminables.

Tímidos besos de gnomos.

Inevitable.

Siempre tú y yo.


Y volvimos a los planes. A tus favoritos.

Esos que incluyen estrellas, mar y cerveza.

Y hablabas sin parar. Tenías sueños. Tenías anhelos.

Quisiste irte lejos a cumplirlos.

Y nos despedimos de nuevo. Y nos volvimos a olvidar.

Habría reencuentro.

De eso estaba seguro. Siempre lo hay.

Pero no contamos con lo que no controlamos.

El tiempo un día se agota.

No hay tregua.

No más mensajes inesperados.

No más discutir lo que somos ni lo que sentimos.

Ya no estás.

Esta vez te has ido para no volver.


Me dijeron que acabaste siendo parte del mar.

Creo que siempre fue tu casa.

Te imagino feliz. Sorteando los charcos.

Recogiendo conchas, maravillada, como siempre, por las pequeñas cosas.

Sabes que no creo en el más allá, pero ojalá que así sea.

Yo estaré bien, pero te confieso que a veces me vengo abajo sin motivo.

Porque no consigo saber qué era eso que tenías, que ya no encuentro.


 

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