Mono con platillos

Se cuelan silenciosos. Esos extraños vestidos de conocidos. No los conocidos a los que saludas en el supermercado de la esquina, o a la señora del quinto. Hablemos ahora de los que vemos de seguido, casi a diario. Esos compañeros de escuela, de universidad, o de trabajo. Especialmente ellos, porque su repetida presencia provocará un efecto en ti, y viceversa. Es inevitable, provocamos un efecto en personas solo compartiendo el entorno. Para bien, o para mal.


 

El día a día implica rutina. Vamos casi robotizados, ligados a ella. Zombies que saben lo que tienen que hacer, hacia dónde ir. Y eso es lo que hacemos. No hay mucho que pensar. Te levantas, te preparas, y … ¡ala! Al mundo exterior, lanzado como un cohete al espacio sin monitorización, abandonado a su suerte.

Y llegas al destino hacia el que te dirigías. Y te encuentras en tu “hábitat”. Saludos automáticos. Está la chica nueva de la oficina, el trepa, el que va de amigo de todos y no lo es ni de sí mismo, la simpática de gafas, el tímido, el de los mismos chistes, el que echa más humo que una cafetera, el que se escaquea lo que puede, … Unos te inspiran más o menos indiferencia. Algunos otros, buen rollito. Y otros, cuanto más lejos, mejor.


 

Si te dijera los peores calificativos, maleducado, envidioso, egocéntrico, hipócrita, seguro que algún nombre te vendría a la cabeza. Esa persona engreída, egoísta y altanera. Ese cabrón, con todas las letras, en mayúscula y en negrita. Ya tienes a alguien en mente, ¿eh? Ya lo creo. Ojo, que igual es uno mismo el que le complica la vida o otros. Juzguen ustedes mismos.

En cualquier caso, están por todas partes. En nuestra familia, incluso. Ahí están. Con sus malas caras, sus chismorreos, sus trapicheos, sus malas vibraciones. Estamos rodeados. Pero tranqui, que no cunda el pánico.

Lo suyo sería alejarte de este tipo de personas, pero vivimos en sociedad, así que hay que llevarlo lo mejor que se pueda.


 

Por darles cierto sentido místico, un amigo les denomina “maestros zen“, personas que vienen para ponernos a prueba y darnos alguna lección. Mi madre los llamaría “vampiros de energía“, como si fueran chupadores de energía positiva. Llámalo como quieras, pero está claro que tratar con este tipo de personas es un desafío. ¿Mi consejo de amiga? Está en ti dejar que te afecte. No digo que te tragues los enfados y te quedes con una bola de mal rollo que crece y crece, pero con el tiempo me he dado cuenta de que el que critica, el hipócrita, el que trata de putear a su paso, … es alguien infeliz. Sencillamente eso, y será por rabia, pero me niego a dar potestad de mi bienestar mental a cualquiera. Solo porque esa persona no está a gusto con la vida que lleva, ¿me voy a amargar yo? Ay no, que me arrugo mucho cuando me enfado.


 

Ahora te voy a contar lo que hago yo en situaciones feas. Vamos a poner que el colega de turno te pone malas caras, te grita sin motivo, te habla mal, … Esto es lo que hay en mi cabeza. Un mono sonriente tocando platillos. Como Homer Simpson, séhVale, mi mecanismo es bastante simple, pero va ligado a mí. Así de llena de absurdez estoy. Y nada de rabia interna. Ya no soy una granada a punto de explotar. Paso olímpicamente. Paso de tu culo, pero feliz de la vida. En serio, discutir para qué, si hay gente que no razona. Solo quieren llevarnos a su terreno, donde se saben expertos. Pero no, mi niño, no les des el gusto de llevarte al fango, que te arrastran. Y tanto me contagia el mono irreal, que acabo sonriendo de verdad, y se me pasa.


Hablo desde mi experiencia. Antes me afectaba, sufría por las malas contestaciones y las malas caras, pero ya ante estos casos, hago el ejercicio mental de preguntarme: “¿del 1 al 10, cuánto debería importarme esto? ¿Es esto tan importante como una enfermedad grave, o el bienestar de un ser querido?” Y otra sería la de preguntarnos: “En un tiempo, ¿cuánto me va a importar esto?” Porque nada es permanente. ¿Cuántas de las cosas que te quitaban el sueño hace un año siguen preocupándote?

Entender la finitud de las cosas y relativizar.

Porque no hay mal que cien años dure… Y para los que añadieron por lo bajini “ni cuerpo que lo aguante”, te digo, si es algo que te está afectando mucho, y no sabes cómo lidiar con ello, siempre queda cambiar de aires. Que no te sepa a huida hacia delante, que te sepa a quererte, que te mereces estar bien, como poco. Busca opciones, contempla perspectivas, sopesa. Y si encuentras una posibilidad, no estás atado. Muévete hacia el cambio siempre que puedas, que no eres un árbol.


 

PD. Mi última experiencia de este tipo ha acabado con una retirada de las armas por parte del sujeto en cuestión. Será porque no se entiende porqué despido aire a locura sonriendo por todo, o porque el buen rollo se expande, como el universo. Pero ya te digo, lo del mono funciona 😉

 

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