Solsticio de verano

Una fecha. Un día en rojo en el calendario. Cambio de estación. Algo acaba. Casi todo cambia. Y lo que llega.

Oleadas inesperadas de calor, sofocos, angustia. Variables como el viento. Es subir cuesta arriba sin aire en los pulmones, llegar a un sitio a coger aire donde el paisaje que tienes delante no te quita el pálpito fuerte que te sale del pecho. Palabras inconexas, otras muchas que quedaron guardadas. Días de viento, de tormenta. Y días de calma.


Y así año tras año.

¿Cuántos?

¿10, 12? 13 peldaños metálicos de distancia. Escalera caracol que marea y desorienta.

¿Dónde estás?

Búsqueda con la mirada temerosa y el corazón encogido.
Un nombre. El reencuentro. Flores secas, marchitas. Sudores fríos. Sed que ahoga y seca la garganta.
Sitio de paso. Reencuentro sin llegar a serlo. No hay mesas de picnic o bancos de madera, no es sitio para quedarse.

 

¿Te gusta este lugar?

Allí donde acabaron no da la sombra, pero solo son ellos.
No eres tú. No es reencuentro, es el no olvido. Tu nombre presente y palpable se convierte en la verdad más dura y punzante. Y escritas junto a él 3 palabras que acaban siendo la verdad más merecida, y la más cierta.

Nunca te olvidaremos.



Se acaba la primavera. Pero llegará de nuevo.

Y algún día, sí será reencuentro.

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