Las cuerdas que no(s) atan

¡SALTA!

Es casi lo único que se oía. Por encima de los otros valientes de edad variable y con más o menos fobia al ridículo y a su propia integridad física.

— ¡SALTA! — escuchaba yo.

Y es que en un parque de camas elásticas y colchonetas y demás parafernalias con superficies para no abrirte el cráneo al caer, pues es lo que tiene. Saltar es lo mínimo que se espera.

saltar

Vale. La foto no es mía.

Y, en un gran grupo de personas como el que reunimos, como cabría esperar, un espectro tan amplio de personalidades casi por cada tipo de saltador. Como en la vida misma, vamos.

Unos más saltarines que otros, atrevidos, iban de rectángulo en rectángulo, como superhéroes. Otros, nivel experto, haciendo de cada salto su excelencia, aprovecharon para hacer sus cabriolas por el aire. Dobles y triples piruetas, o cualquiera sabe cómo se llaman esos giros. Algunos más flexibles, en el salto, alzaban las piernas a los lados para encontrarse con los brazos. Estaba la que animaba al resto a hacer algún salto distinto. La que lo intentaba, y a pesar de caerse, seguía, con risas. Había quien saltaba y en lugar de caer sobre los pies, caía sentado sobre las nalgas, y era tal el rebote que daba, que al elevarse y volver a caer sobre sus pies, seguía brincando. Luego estaban los que saltaban un rato, tímidamente, nivel estándar, y paraban a descansar y a observar al resto.

Y entre cosa y cosa, yo. Que, en términos de salto, me veía inclasificable. Con mi empanada mental. Que me paro, que sigo brincando en mi cuadrilátero. “Esa niña ha dado una pirueta en el aire que no parece tan complicada.” “Venga, que me animo. Que no puede ser tan difícil.”

Entre los más atrevidos, los profesionales, los valientes que lo intentaban una y otra vez, y los conformes con sus saltos por un breve espacio de tiempo, ahí en medio yo, ansiosa por dar esa voltereta en el aire que tan fácil parecía en los aparentemente hiperligeros cuerpos de otros.

Continué saltando, cada vez un poco más alto. Para lograr altura y lograr mi giro en el aire. Un poco de inclinación hacia delante y voltear. El rebote hacia arriba o quedarme en la colchoneta eran las dos únicas posibilidades. (Aunque mi imaginación me bastaba para verme golpeándome el cuello muy malamente).

Pero cuanto más estudiaba los movimientos, más alto llegaba y más parecía acercarme al preciso momento del salto, mayor era mi bloqueo. Me fallaban las piernas y volvía al ritmo y altura normal. Se despertó en mí ese miedo al ridículo absoluto y a lesionarme tontamente.

Y así pasó un rato que bien podría resumir tantas cosas en forma de metáforas.


Me encantaría terminar con que finalmente hice un triple mortal y que me fotografiaron en el aire, sonriendo, bien peinada y que ese bello instante ahora forma parte del paseo de la fama del parque en cuestión. Pero no. La realidad es que no salté como quería. Podría decir que hace unos pocos meses en una caída (que me costó un esguince cervical importante) casi me abro la cabeza como atenuante de mi cobardía. Pero, realmente, juraría que esta parálisis se remonta a mucho tiempo atrás.

Supongo que saltar, a nivel físico, y a todos los niveles, requiere mucha valentía. Y es que a veces nos paralizan miedos muy irracionales. Y podemos ocultarlos, o vivir con ellos, cubriéndolos con una alfombra bonita. Pero son escollos que generalmente crecen, y con los que nos seguiremos topando ocasionalmente (a menos que hagamos algo) y a los que en algún momento habrá que hacer frente.

Y ese podría ser el resumen de mi gran salto. Que aún no ha sucedido.

mujer saltando

Nop, esta tampoco.


_Llaysha_

26 comentarios en “Las cuerdas que no(s) atan

  1. Yo he reconocido hace relativamente poco que tengo fobia a dejar cosas a medias. Ya sean libros, series o personas. Esa es la razón principal -también hay otras- por la que me cuesta tanto pasar página y dejar el dolor atrás. Pero solo vemos lo que queremos ver, cuando estamos preparados para verlo. Lo mismo ocurre con los saltos, con las personas… o con aprender francés 😉
    Un abrazo.

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    • Pues igual yo también tengo esa enfermedad. No sé si fobia, pero cierta manía sí que tengo. Por eso no empiezo a ver Anatomía de Grey (es infinita). Aunque a veces me salgo del tiesto, como con Walking Dead, que la tengo aparcada. No sé, con personas supongo que es más bien apego, no crees?

      P.D. Cómo va el francés?

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      • Anatomía de Grey es larga y cruel. La he visto alguna vez, porque mi madre y mi hermano la veían, pero nunca me han gustado las series de hospitales, me provocan tristeza. Yo empezaría por algo más alegre y dinámico, como Juego de Tronos 😀
        Con las personas siento como una vocecita dentro de mi cabeza que me susurra: “esto no ha terminado”. Pero solo en algunos casos, cuando han quedado cosas pendientes. En otros, resulta un auténtico placer seguir adelante 🙂

        P.D. No va, directamente. Todavía no me manejo del todo con el inglés…

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        • Ya Juego de Tronos la sigo (a muerte), pero lo de alegre …tengo mis dudas jaja.

          Pues eso, siempre que no sean homicidas, hazle caso a algunas de esas voces de tu cabeza.

          P.D. Puedes pasar al francés directamente también (dejando el aprendizaje de inglés inacabado…😆).

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  2. El gran salto es atreverse a saltar, si no se está seguro mejor hacer la pirueta mentalmente, la confianza y la técnica es la que hace que la temeridad no sea nuestra perdición. Todo llega y si no, al menos, se ha intentado.
    Quien compite contra sí mismo, cuando es malo tiene mucho margen de mejora, si es bueno no caerá ni en la soberbia ni la humillación a otros.

    Saludos Yai ✋

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  3. Pingback: TAG: Explorando libros – Saltos en el Viento

    • Es lo mejor que puedes hacer, aunque sea solo por esas cosas que quieres con más ganas. Porque es así, como dices, rara vez vendrá a tus manos por sí solo, y además, sabe mejor cuando se va a por ello de lleno.

      Un saludo, Alois, y gracias por pasarte y escribirme.

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