La taza de Osmio

Se levantó con la sensación de no haber tenido un sueño muy reparador. Había noches en las que dormir en camas ajenas se le hacía raro. Otras veces dormía con total sosiego, pero aquella había sido una de las menos cómodas. Llevaba dos noches durmiendo en aquel sitio, en aquella cama que no era la suya. Una cama enorme en medio de una habitación amplia y llena de reflejos. Un armario cubierto de espejos ocupa toda la pared del fondo, un mueble de tal anchura que podría esconder varias personas tras las puertas correderas… Y al otro lado de la habitación, justo frente al armario, un tocador sencillo con una simple mesa de cristal y unas luces en lo alto del espejo.

Llevaba algo más de un mes desde que había emprendido su viaje por Europa, por lo que hospedarse en paradores y albergues se había convertido en parte de su cotidianidad. Esta vez, en un hostal en medio de una urbanización muy corriente, aunque algo distinta a las que estaba acostumbrada. Era uno de esos pueblos donde convivían pequeñas casas de campo, con su jardín frontal y su tejado a dos aguas; con altos bloques de pisos. Aunque claramente más veterana que los modernos apartamentos que se encontraban nada más cruzar la calle, aquella vivienda permanecía como fuera de lugar, resistiéndose al pragmatismo y modernidad que parecen vencer con el paso del tiempo.

Esta había sido la última noche que pasaría en aquel alojamiento. Se había despertado un poco antes de que sonara el despertador. Tenía ya casi todo listo para marcharse, a falta de guardar algunas prendas de ropa que habían acabado desperdigadas, y su diario de viajes, que estaba en la mesa junto a la cama.

mochila

Imagen de Pixabay

Se había pasado la noche repasando las rutas trazadas, los apuntes que había hecho hasta ahora en el que ella misma había catalogado como el viaje de su vida. Apenas había avisado a amigos. Tan solo a su mejor amiga y a sus padres les habló de marcharse, sin esforzarse mucho en hacerles entender sus motivaciones más profundas. Solo les contó con entusiasmo las ganas de aventura y de recorrer nuevos lugares que le invadían desde hace tiempo.

A pesar de las nuevas situaciones impuestas por su ahora nómada vida, su mente parecía haber dejado un lugar especial para algunos de los recuerdos que precedieron al viaje. Todavía tenía vívida la tarde en la que se lo había dicho a su amiga. Había sido una tarde de verano, de esas en las que todo está teñido de naranja, en una cafetería del centro donde solían ir por sus variadas opciones veganas. Al contárselo, con un entusiasmo quizás algo forzado, la cara de ésta iba arrugándose, y parecía costarle contener las palabras, adoptando expresiones de preocupación y también le pareció ver algo de lástima cuando al fin dijo la frase que más temía escuchar:

— ¿Te vas por él?

Aunque en parte esperaba la pregunta, le había impactado enormemente escucharla en voz alta. La rabia, el dolor y la vergüenza que le produjo escucharla le había ardido en el pecho y en su cara, que se la notaba como un trozo de leña inerte que, arrojado al fuego, irremediablemente se incendiaba.

Habían pasado muchos días de aquello. Trató de concentrarse en su siguiente destino. Se cambió de ropa y bajó al piso de abajo para prepararse un té. Dejó el agua en la hervidora, volvió a subir a su cuarto provisional y terminó de meterlo todo en la mochila, mientras el té se enfriaba.

Continuará …


*Que suene aquí una risa malvada, por esos relatos que dejo ahí con la intriga. Este lo continúo, prometido.


_Llaysha_

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Un comentario en “La taza de Osmio

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