La última vez

Esta es la última vez. – se dijo al despertar mientras miraba el techo unos minutos resistiéndose a enfrentarse al mundo.

Como si su cama fuera su trinchera. Como si solo poner un pie en el suelo fuera a revivir todo de nuevo.

Lo salvaje.

Las luces borrosas en la noche.

La demencia.

Era muy temprano aún, con la luz todavía apagada de la mañana, dejando su habitación en una semioscuridad que dejaba entrever lo que parecía un nido. La guarida de alguien fuera de sus cabales.

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Las tres meigas. Capítulo 3

Capítulo 3. La meiga grande

La meiga grande es la mayor de las tres que componen el pequeño aquelarre.

Hechicera de alma vieja y cuerpo juvenil.

Es más fuerte de lo que pudiera parecer con su delgado cuerpo. Y hasta los árboles más altos temen su furia.

Cabeza en constante funcionamiento, siempre cavilando a la luz de la luna.

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Las tres meigas. Capítulo 2

Capítulo 2. La meiga nueva

La meiga nueva es la más joven de las tres hermanas.

Desconoce cuál es su poder, por lo que va investigando, probando de aquí y de allá.
Va con las manos llenas de tinta y los pies descalzos. Pelo enredado, cubierto de hojas.

Día a día recorre distintos caminos. Y pinta y escribe sobre lo que ve y siente.

Se empapa de naturaleza siempre que puede, se pierde en los ojos de los seres con los que se cruza, y disfruta de los baños de sol y mar más que de ninguna otra cosa.

Además, le fascinan las estrellas y se duerme pensando en las vidas paralelas que se suceden allá arriba simultáneamente.

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Las tres meigas. Capítulo 1.

Capítulo 1. La meiga chica

La meiga chica es una hechicera y su poder es controlar el tiempo.

Se despierta y al abrir los ojos, con su particular parpadeo, ella para el tiempo.

Así, a las 24 del día, ella va sumando horas, jamás en números impares. Pares, siempre pares.

Manías de meigas.

Se prepara en un plis y se apresura para llegar a tiempo al río.

Allí, con una hoja se hace una barca y va río abajo, con un zurroncito bien sujeto, pegado al pecho.

Curiosa como gato, pequeña como hada, va atenta a todo, observando.

Atenta a los murmullos de los árboles, al vuelo de una mosca. A todo presta atención, no se le escapa nada con sus redondos ojillos marrones, viendo pasar el bosque y sus habitantes hasta llegar a su destino.

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Las sombras

Te sientas en la silla de la cocina con un libro en la mano. Lo abres, lo pones en la mesa y empiezas a leer. Te sientas justo con el ventanal delante, y toda la claridad de la tarde ilumina las páginas. Las hojas del ventanal están cerradas, así que el poco sonido que llega desde afuera está atenuado.

Ellos están allí, rodeando la casa. Pasan caminando despacio, en silencio, sin levantar la mirada. Aún no te han visto. Son sombras que van y vienen sin horario predeterminado. Pero no te incomodan. O al menos, no siempre. Su paso aleatorio junto al ventanal no oscurece las páginas del libro, así que sigues con la mirada la historia que estás leyendo, y solo a veces, si miras de reojo, les ves de espaldas alejarse. Intentas estar atenta a lo que tienes delante, pero a veces te distraes, y te quedas absorta mirándolos pasar. Cuidándote siempre de no mirarles directamente a la cara. No quieres que pase lo de aquella mañana.


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