Las sombras

Te sientas en la silla de la cocina con un libro en la mano. Lo abres, lo pones en la mesa y empiezas a leer. Te sientas justo con el ventanal delante, y toda la claridad de la tarde ilumina las páginas. Las hojas del ventanal están cerradas, así que el poco sonido que llega desde afuera está atenuado.

Ellos están allí, rodeando la casa. Pasan caminando despacio, en silencio, sin levantar la mirada. Aún no te han visto. Son sombras que van y vienen sin horario predeterminado. Pero no te incomodan. O al menos, no siempre. Su paso aleatorio junto al ventanal no oscurece las páginas del libro, así que sigues con la mirada la historia que estás leyendo, y solo a veces, si miras de reojo, les ves de espaldas alejarse. Intentas estar atenta a lo que tienes delante, pero a veces te distraes, y te quedas absorta mirándolos pasar. Cuidándote siempre de no mirarles directamente a la cara. No quieres que pase lo de aquella mañana. 

Aquel día te habías quedado despierta hasta tarde, y quisiste saciar tu curiosidad, algo que te llevaba tiempo rondando la cabeza. Y descalza, valiente, te acercaste al ventanal sin hacer ruido. Bajaste la guardia, y curiosa, ese día, miraste por la ventana. Pero confirmó lo que en el fondo ya sabías. Las sombras no duermen. Solo esperan. Y entonces tus ojos hallaron una sombra acercándose por el lado derecho del ventanal. La sorpresa hizo que se te escapara un gritito ahogado. Pareció no oírlo, siguiendo su caminar pesado y callado, dándote una sensación instantánea de falsa seguridad por segundos, porque cuando llegó al centro del ventanal, se paró. Y lentamente, se giró hacia ti.

Fueron unos segundos, pero fue suficiente. En ese momento solo unos pocos centímetros te separaban del cristal, y otros tantos le separaban a él del mismo. Y pudiste ver sus ojos negros y vacíos. Acostumbrados a divagar, parecían mirarte con más curiosidad que la tuya misma. Salvo que no era curiosidad, sino desesperación. 

No les mires a los ojos. Ellos lo anhelan, pero si saben que les puedes ver, no te dejarán marchar. 

El principicidio

Principicidiopensadero

Don Julio, como le gusta que le llamen, conserva su mente lúcida, aunque no tanto su cuerpo.– Llámeme Don Julio, uno no deja de ser un señor por ir en pañales.– dice siempre con una sonrisa.

Siempre se muestra muy amable con todos, y aunque a sus 76 años su estado de salud no es el que quisiera, sigue siendo una persona muy alegre. Tiene dos hijos, que le visitan cada sábado con sus nietos.

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Síndrome del escritor

Sí señor, síndrome del bloqueo del escritor.

PAPELEstoy definitivamente atascada, sin saber bien sobre qué escribir, pero de esto, doble lectura. Uno, estoy atascada, eso es un hecho y no hay más vuelta de hoja (aplauso por esta expresión tan bien traída). Y dos, ¡ey, me creo escritora si ya tengo este síndrome!

Si también es tu caso, estarás como yo, que a poco que pienses como ideas sobre las que basar una nueva entrada, las descartas, porque te parecen insuficientes, o inconexas, o igual crees que es tu falta de técnica y de recursos para escribir.

Pues te voy a regalar un apunte. Un extracto de la introducción de un libro de Stephen King que leí hace poco: Sigue leyendo