Haz feliz a una loca

Aunque ya pasó el Día de Acción de Gracias (que a mí realmente, como tradición, me dice más bien poco), hoy quiero compartir con ustedes la alegría inmensa que me da ver que escribo y que alguien lee al otro lado.

(Graciasgraciasgracias).

 

¡Quién lo hubiera dicho! Como respuesta a mis desvaríos obtengo señales en forma de estrellas/me gusta, comentarios y nuevos seguidores. Que por cada click al “Seguir”, me sale una sonrisa de felicidad plena al recibir la notificación.

(¡Y ya van 147 personas, que no es poco!). 

Les estoy súper agradecida. En especial a mi círculo de confianza (selecto y discreto, pero que me siguen casi con tanta pasión como un Belieber), y a los blogueros que pasan por aquí, y que se toman la molestia y el tiempo de leer incluso entradas antiguas o el apartado “Sobre la autora”.

Mi agradecimiento es infinito, porque con cada entrada comparto con ustedes una parte oculta de mi mente/alma/llámalo X.

Y aprecio sentirles así. Porque conocerme de verdad conlleva, entre otras cosas, saltar sobre hogueras, tirarse al vacío, atravesar bosques con neblina, andar descalzos mil y un kilómetros, sumergirse en lo profundo del océano, recorrer laberintos, chocar con muros de hormigón, recibir lluvias de piedras, sentir un frío polar, o el calor abrasador del sol.*

Pero merece la pena. Creo. 😛


PD. Para lograr más difusión y expandirme, como el universo, sé que tengo que pasar por el aro llamado “Redes Sociales”, para lo cual preciso urgentemente un curso intensivo de “Introducción al Siglo XXI”. (Todo se andará). Pero, de momento, si todavía no me sigues, inauguro la campaña navideña:

“Un click, una sonrisa.

Estas Navidades, haz feliz a una loca”. 

PD2. Gracias, en serio. Un abrazo apapachador, ¡gente bonita! 🙂



* Llegar a conocerme es casi equivalente a participar en Humor Amarillo 😉

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La última vez

Esta es la última vez. – se dijo al despertar mientras miraba el techo unos minutos resistiéndose a enfrentarse al mundo.

Como si su cama fuera su trinchera. Como si solo poner un pie en el suelo fuera a revivir todo de nuevo.

Lo salvaje.

Las luces borrosas en la noche.

La demencia.

Era muy temprano aún, con la luz todavía apagada de la mañana, dejando su habitación en una semioscuridad que dejaba entrever lo que parecía un nido. La guarida de alguien fuera de sus cabales.

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Las tres meigas. Capítulo 1.

Capítulo 1. La meiga chica

La meiga chica es una hechicera y su poder es controlar el tiempo.

Se despierta y al abrir los ojos, con su particular parpadeo, ella para el tiempo.

Así, a las 24 del día, ella va sumando horas, jamás en números impares. Pares, siempre pares.

Manías de meigas.

Se prepara en un plis y se apresura para llegar a tiempo al río.

Allí, con una hoja se hace una barca y va río abajo, con un zurroncito bien sujeto, pegado al pecho.

Curiosa como gato, pequeña como hada, va atenta a todo, observando.

Atenta a los murmullos de los árboles, al vuelo de una mosca. A todo presta atención, no se le escapa nada con sus redondos ojillos marrones, viendo pasar el bosque y sus habitantes hasta llegar a su destino.

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Pimientos no, gracias

Día de perder seguidores, como diría el grupo cómico canario Abubukaka.

En su caso, es cuando van a hacer un chiste que consideran menos bueno en Facebook, y en mi caso, cuando voy a tocar un tema que puede abrir alguna brecha. Esperemos que no, trataré de hacerme entender y que haya un diálogo sano, ¿vale?

Esta va a ser una entrada de desahogo, con la que quizás, algunos de ustedes se sentirán identificados.

Sitúense. Un momento cualquiera del día, imaginemos un sábado. Salir a cenar con los amigos.

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Buscando un buzón

Buscando un buzón, al salir del trabajo, muy de casualidad, me encontré con esta cabina de teléfono, normal y corriente, solo que llena de libros. No pude evitar echarle una foto. Ya lo había visto antes en otros sitios, (¿y ustedes? A cada sí por respuesta me gustaría ver una foto 🙂 ).

 

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Somos lo que pasa

Un día dejó de haber un motivo que me hiciera levantarme, así que me senté a ver pasar.

Pasaba la brisa, la gente, el ruido de los coches, animales con forma de nubes.

Pasaba todo.

Y pasaba nada.

Tiempo de vidas paralelas. Conversaciones que no llegaron. Situaciones que jamás se dieron. De aquel entonces tengo una pila de negativos que nunca revelé. Marcos rotos sin fotografías. Invitaciones a eventos a los que no acudí.

Entretanto, yo esperaba, pacientemente sentada, que algo trascendental me diera en el hocico. Algo repentino, con luz de rayo y ruido de trueno. Que hiciera un chasquido al llegar. Algo grande. Algo que no llegaba.

Y nada pasaba. Y nada pasó. Salvo tiempo a borbotones, inundando casas.

Y me vi un día con tal maraña en la cabeza, que eché a andar.

Y seguí andando.

Y de tanto que vi, aprendí algo.


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