Buscando un buzón

Buscando un buzón, al salir del trabajo, muy de casualidad, me encontré con esta cabina de teléfono, normal y corriente, solo que llena de libros. No pude evitar echarle una foto. Ya lo había visto antes en otros sitios, (¿y ustedes? A cada sí por respuesta me gustaría ver una foto 🙂 ).

 

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Somos lo que pasa

Un día dejó de haber un motivo que me hiciera levantarme, así que me senté a ver pasar.

Pasaba la brisa, la gente, el ruido de los coches, animales con forma de nubes.

Pasaba todo.

Y pasaba nada.

Tiempo de vidas paralelas. Conversaciones que no llegaron. Situaciones que jamás se dieron. De aquel entonces tengo una pila de negativos que nunca revelé. Marcos rotos sin fotografías. Invitaciones a eventos a los que no acudí.

Entretanto, yo esperaba, pacientemente sentada, que algo trascendental me diera en el hocico. Algo repentino, con luz de rayo y ruido de trueno. Que hiciera un chasquido al llegar. Algo grande. Algo que no llegaba.

Y nada pasaba. Y nada pasó. Salvo tiempo a borbotones, inundando casas.

Y me vi un día con tal maraña en la cabeza, que eché a andar.

Y seguí andando.

Y de tanto que vi, aprendí algo.


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Las sombras

Te sientas en la silla de la cocina con un libro en la mano. Lo abres, lo pones en la mesa y empiezas a leer. Te sientas justo con el ventanal delante, y toda la claridad de la tarde ilumina las páginas. Las hojas del ventanal están cerradas, así que el poco sonido que llega desde afuera está atenuado.

Ellos están allí, rodeando la casa. Pasan caminando despacio, en silencio, sin levantar la mirada. Aún no te han visto. Son sombras que van y vienen sin horario predeterminado. Pero no te incomodan. O al menos, no siempre. Su paso aleatorio junto al ventanal no oscurece las páginas del libro, así que sigues con la mirada la historia que estás leyendo, y solo a veces, si miras de reojo, les ves de espaldas alejarse. Intentas estar atenta a lo que tienes delante, pero a veces te distraes, y te quedas absorta mirándolos pasar. Cuidándote siempre de no mirarles directamente a la cara. No quieres que pase lo de aquella mañana.


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Mono con platillos

Se cuelan silenciosos. Esos extraños vestidos de conocidos. No los conocidos a los que saludas en el supermercado de la esquina, o a la señora del quinto. Hablemos ahora de los que vemos de seguido, casi a diario. Esos compañeros de escuela, de universidad, o de trabajo. Especialmente ellos, porque su repetida presencia provocará un efecto en ti, y viceversa. Es inevitable, provocamos un efecto en personas solo compartiendo el entorno. Para bien, o para mal.

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