Premios Blogosfera 2017

 

Buenas a todos y todas.
Hace cosa de dos años que comencé con este blog, y esta andadura me ha servido para dar un paso hacia delante, como imagino les ocurrirá a muchos de ustedes.

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Somos lo que pasa

Un día dejó de haber un motivo que me hiciera levantarme, así que me senté a ver pasar.

Pasaba la brisa, la gente, el ruido de los coches, animales con forma de nubes.

Pasaba todo.

Y pasaba nada.

Tiempo de vidas paralelas. Conversaciones que no llegaron. Situaciones que jamás se dieron. De aquel entonces tengo una pila de negativos que nunca revelé. Marcos rotos sin fotografías. Invitaciones a eventos a los que no acudí.

Entretanto, yo esperaba, pacientemente sentada, que algo trascendental me diera en el hocico. Algo repentino, con luz de rayo y ruido de trueno. Que hiciera un chasquido al llegar. Algo grande. Algo que no llegaba.

Y nada pasaba. Y nada pasó. Salvo tiempo a borbotones, inundando casas.

Y me vi un día con tal maraña en la cabeza, que eché a andar.

Y seguí andando.

Y de tanto que vi, aprendí algo.


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Las sombras

Te sientas en la silla de la cocina con un libro en la mano. Lo abres, lo pones en la mesa y empiezas a leer. Te sientas justo con el ventanal delante, y toda la claridad de la tarde ilumina las páginas. Las hojas del ventanal están cerradas, así que el poco sonido que llega desde afuera está atenuado.

Ellos están allí, rodeando la casa. Pasan caminando despacio, en silencio, sin levantar la mirada. Aún no te han visto. Son sombras que van y vienen sin horario predeterminado. Pero no te incomodan. O al menos, no siempre. Su paso aleatorio junto al ventanal no oscurece las páginas del libro, así que sigues con la mirada la historia que estás leyendo, y solo a veces, si miras de reojo, les ves de espaldas alejarse. Intentas estar atenta a lo que tienes delante, pero a veces te distraes, y te quedas absorta mirándolos pasar. Cuidándote siempre de no mirarles directamente a la cara. No quieres que pase lo de aquella mañana.


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Cuaderno de bitácora 1

Tras unos meses en el extranjero, abro mi bitácora de navegante, saco una de mis libretas, y me siento a escribir brevemente el recorrido.

El idioma. Al principio fue complicado. Parecía una muñeca de cuerda que solo dice unas pocas frases. ¿Lo más repetido? “What? What? What???” (¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?) con mi cara de regañada, porque lo que escuchas en clases de inglés y lo que se habla en la calle son dos universos paralelos.

“- Mira esa matrícula, que vivan los pollos.

– No, no, pone que lleva pollos vivos.”

(Live birds ponía la matrícula. Entiendan mi confusión).

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El hilo rojo de las rosas (Parte 2)

Continuación de “El hilo rojo de las rosas” (Parte 1):

 

-¿Y qué hay de nosotras? ¿Tenemos un hilo rojo también?– dijo Rosa.

-¿Cómo vamos a tener nosotras un hilo rojo? Esos son cosas de los “sin raíz”. ¿Verdad, Mamá Coigüe?– dijo Flor.

Tras un largo silencio, respondió Mamá Coigüe, mientras se desperezaba agitando sus largas ramas.

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El hilo rojo de las rosas (Parte 1)

Era una de esas tardes con cielo despejado, la tregua de un día especialmente caluroso de verano, con el sol ya cayendo, que va tiñendo el paisaje de una luz amarilla cada vez más anaranjada. Se acicalaban los cisnes junto al río, pasaba una mamá pato con sus crías, y corría una ligera brisa, mientras sentadas en la hierba junto al río, conversaban dos amigas.

 

– No sé porqué siempre escojo tan mal. Pensaba que estábamos hechos el uno para el otro…

– Bueno Luci, a lo mejor esto es solo una riña y mañana se arregla todo – dijo Claudia, tendiéndole un pañuelo a su amiga.

– ¿Tú crees? – le contestó Lucía con cierta desgana, secándose las lágrimas que se le escaparon rodando por las mejillas.

– Lo que tiene que ser, será. Está todo escrito. Mi madre una vez me contó una leyenda… ¿Conoces la historia del hilo rojo del destino?

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