El hilo rojo de las rosas (Parte 2)

Continuación de “El hilo rojo de las rosas” (Parte 1):

 

-¿Y qué hay de nosotras? ¿Tenemos un hilo rojo también?– dijo Rosa.

-¿Cómo vamos a tener nosotras un hilo rojo? Esos son cosas de los “sin raíz”. ¿Verdad, Mamá Coigüe?– dijo Flor.

Tras un largo silencio, respondió Mamá Coigüe, mientras se desperezaba agitando sus largas ramas.

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El hilo rojo de las rosas (Parte 1)

Era una de esas tardes con cielo despejado, la tregua de un día especialmente caluroso de verano, con el sol ya cayendo, que va tiñendo el paisaje de una luz amarilla cada vez más anaranjada. Se acicalaban los cisnes junto al río, pasaba una mamá pato con sus crías, y corría una ligera brisa, mientras sentadas en la hierba junto al río, conversaban dos amigas.

 

– No sé porqué siempre escojo tan mal. Pensaba que estábamos hechos el uno para el otro…

– Bueno Luci, a lo mejor esto es solo una riña y mañana se arregla todo – dijo Claudia, tendiéndole un pañuelo a su amiga.

– ¿Tú crees? – le contestó Lucía con cierta desgana, secándose las lágrimas que se le escaparon rodando por las mejillas.

– Lo que tiene que ser, será. Está todo escrito. Mi madre una vez me contó una leyenda… ¿Conoces la historia del hilo rojo del destino?

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Ella

Ella es especial.

De esencia única.

Y grande de espíritu.

 

Siempre jugó en otra liga, la de los seres extraordinarios.

Ella está por encima de modas, de envidias y de riñas.

Porque es íntegra, y le sobran los adornos de cualquier tipo.

 

También es muy inteligente, pero a la vez humilde.

De moral intachable.

Sabe cuándo rebelarse o cuándo callar.

 

Hace que cada día cuente.

Decidida y sincera.

Alegre y serena.

 

Ella también está un poco loca.

Locura de niña a la que le cuesta dormir el 5 de enero.

Locura por las pequeñas cosas.

Por los días de playa, que se han vuelto sus favoritos.

Por los viajes, cuyo recuerdo conserva en forma de vaso de chupito.

Por la naturaleza y los cultivos caseros.

Por las recetas ricas.

Por aprender cosas nuevas.

Por el baile, una de sus pasiones.

Por pasar tiempo con los suyos.

Y lo mejor es que te contagia.

 

Repasa a menudo planes y listas.

Pero prefiere improvisar tapas y cervezas,

y exprimir cada momento.

 

Ella no lo sabe, o se le olvida,

Pero ella es muy grande.

Y ella no puede ser otra que tú.

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El principicidio

Principicidiopensadero

Don Julio, como le gusta que le llamen, conserva su mente lúcida, aunque no tanto su cuerpo.– Llámeme Don Julio, uno no deja de ser un señor por ir en pañales.– dice siempre con una sonrisa.

Siempre se muestra muy amable con todos, y aunque a sus 76 años su estado de salud no es el que quisiera, sigue siendo una persona muy alegre. Tiene dos hijos, que le visitan cada sábado con sus nietos.

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